La cantante triunfó mucho antes que el torero, que estuvo a punto de cortarse la coleta antes de despuntar
efe / alberto martín
El matador de toros José Ortega Cano y su eposa, Rocío Jurado, ante un cartel de la próxima corrida del torero.
Rocío tenía tan claro que
lo suyo era el cante que, todavía de luto por la muerte del padre, participó en un concurso y ganó
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RETRATO PUBLICADO EN EL PERIÓDICO EL 19 DE FEBRERO DE 1995
Rocío Jurado y José Ortega Cano
El torrente y el éxtasis
ÁNGEL SÁNCHEZ
Periodista
Superados no pocos obstáculos (demanda de divorcio, nulidad eclesiástica finalmente concedida, chequeos médicos, cornadas y demás), Rocío Jurado y José Ortega Cano han podido casarse en olor de multitud y como mandan los cánones. Dos personas de características en parte similares y en parte muy diferentes han quedado unidas hasta que la muerte o la vida misma los separe. Ella, un torrente de voz, de cuerpo, de arte, de vitalidad; él, el éxtasis artístico y pinturero ante la fiereza del toro que busca las femorales del matador entregado de verdad. Una singular pareja.
La infancia de Rocío y la de José tienen de común el origen humilde, pero muy digno, de sus familias. Ella nació en Chipiona (Cádiz) en 1944, según unos, y en 1946, según otros. El lo hizo en Cartagena (Murcia) en 1953, según todos. El padre de Rocío era zapatero y murió cuando ella tenía 10 o 12 años. El padre de José era un tendero de ultramarinos que hubo de emigrar para poder mantener a sus cinco hijos. Acabó en Madrid como podía haberlo hecho en Barcelona, porque en la estación del tren echó un puñado de arena al viento y salió sur y no norte. En la capital fue vendedor ambulante y recaló en San Sebastián de los Reyes. Allí José, que no pudo estudiar porque tenía que ayudar al padre vendiendo churros o fruta (nueces en Navidad, uvas en Nochevieja), conoció a quien le dio las primeras lecciones de tauromaquia, Eduardini, creador de espectáculos cómico-taurinos. José quería ser bailarín, pero el toreo caló hondo en él cuando vio una gran corrida. Rocío, sin embargo, tuvo siempre tan claro que lo suyo era el cante que, todavía de luto por la muerte del padre, participó en Sevilla en un concurso radiofónico y ganó. Nadie pudo ya detener el torrente. Hasta hizo huelga de hambre doméstica para que su abuelo le permitiera irse a Madrid, objetivo que la quinceañera logró acompañada, cómo no, por su santa madre y 8.000 pesetas. Su primer trabajo (60 duros diarios) fue en el tablao de El Duende, propiedad, curiosamente, del torero Gitanillo de Triana y de la cantaora Pastora Imperio.
Si José iba haciendo de tripas corazón por esos ruedos de Dios toreando en la parte seria de los festejos bufos (incluso le tocó lidiar con el inefable Platanito), Rocío despuntó en pocos años, sobre todo a partir de su fichaje por Los Canasteros. Mocetona guapaza e inteligente pese a su paupérrima formación escolar (cuando salió de Chipiona apenas sabía escribir), debutó en el cine en 1963 con Los guerrilleros y en 1968 fue elegida Lady Europa, algo así como una miss, pero con mayor prestigio y señorío. Se estaba cumpliendo la profecía que le anunció Concha Piquer cuando la conoció: "Tú llegarás a donde quieras porque tienes una bonita cara dura". La mala leche de la mítica doña Concha se debía a que no perdonaba que Rocío se hubiese atrevido a cantar delante de ella su repertorio. Tan lejos iba llegando la de Chipiona que fue invitada a cantar en las fiestas que Franco montaba en La Granja. Pero no acudió. No por ideología ("en mí no existía educación política"), sino por profesionalidad: se negó a hacer de telonera abriendo el espectáculo.
¿Cómo le marchaban mientras las cosas al diestro Ortega Cano, cuya obsesión no era otra que la de poder juntar medio millón de pesetas para instalar una frutería? La luz pareció brillar en 1974, año en que tomó la alternativa en Zaragoza (se la dio José María Manzanares) después de haber sido el novillero que más toreó, pero volvió a apagarse hasta el punto de estar tentado en cortarse la coleta. Pero desde su resurrección en 1984 a aquí, todo: Madrid se le rindió y Sevilla empezó a aceptarlo. Ya no pensaba en fruterías, sino en fincas (compró la mejor a su colega Espartaco). A punto estuvo de morir de un cornalón en las fiestas mañas del Pilar de 1987, pero se salvó y pudo agradecerle a la Providencia los servicios prestados peregrinando en 1990 a Santiago de Compostela (780 kilómetros a pie desde Roncesvalles). Fue en 1992 cuando conoció al Papa (al que regaló un capote de paseo en la audiencia vaticana) y a Rocío Jurado, aquella estrella casada con un boxeador del que ya se había separado. José debió de entrar en éxtasis al sentirse cerca de aquella torrencial hembra que, tiempo atrás, no se había recatado en declarar públicamente: "Cuando estoy enamorada me centro en esa persona y en nadie más que en ella (...) Yo tengo que hacer el amor con mi Pedro cada día (...) Cuando actúo es como si me acostase con el público..." El 18 de septiembre del histórico 92, él le regaló un Cartier a ella, que cumplía años, con esta nota: "Espero que este reloj no se pare nunca como nuestro amor". ¡Vivan los novios!
